MACHU PICCHU.
¿Qué queda de ellos, de esos
seres que algún día pisaron estas tierras?
Machu Picchu es un lugar que desde que comenzamos a planear el viaje, sonaba como una parada obligada, un punto muy emblemático en medio de nuestra ruta. Ahora me doy cuenta que para todos los mochileros es importante llegar a este punto, y en general para cualquier persona que le guste viajar, Machu Picchu es un lugar digno de ser visitado. Para nosotros como latinos era una visita extremadamente simbólica para encontrarnos con nuestras raíces más fuertes, así como para entender un poco lo que fuimos, lo que somos y lo que podemos llegar a ser.
Para llegar a Machu Picchu hay que tener mucha plata o caminar mucho. A
nosotros (Luis, Paola y yo) nos tocó
caminar. Primero tuvimos que tomar una camioneta que viajo desde Cusco por seis
horas en un camino con unos paisajes preciosos, en la parte final, antes de
llegar a la Hidroeléctrica, el camino se hizo de terracería, bordeando un
desfiladero; de la estación de tren de Hidroeléctrica tuvimos que caminar un
par de horas por las vías del tren hasta llegar al pueblo de Aguascalientes (el
mismo nombre que mi ciudad natal en
México) cargando nuestras maletas que aunque eran ligeras, en algún punto
comenzaron a ser factor de cansancio. La
noche en Aguascalientes la dedicamos a establecernos y cenar algo, para luego
ir a comprar las entradas para Machu Pichu para el próximo día. A
la mañana siguiente salimos a las cinco de la mañana en medio de la lluvia para
subir hasta Machu Picchu, para llegar es posible tomar un bus pero los precios
de todos esos servicios son bastante elevados, así que nosotros tuvimos que
hacer la subida por la montaña, la lluvia solo nos acompañó unos minutos y
luego escampo; aunque la subida exigió
bastante esfuerzo físico, los paisajes que pudimos apreciar comenzaron a tomar
tintes de magia conforme íbamos subiendo y la neblina iba quedando abajo.
Cuando entramos y pude ver esas enormes construcciones de piedra en
medio de una naturaleza que se desbordaba por todos lados, me sentí pequeñito,
pero por alguna extraña razón sentí que en esos momentos mi vida tenía sentido;
me sentía identificado con la zona, con la pachamama que en ese lugar dejo un
bello asentamiento natural, y con la raza del maíz que eligió ese punto
específico para formar una imponente
ciudad de piedra que a final de cuentas termina por complementar y enaltecer la
belleza del paisaje.
Describir la experiencia de estar en este lugar que es el paso entre la
montaña y la selva, no resulta fácil, uno ha visto tantas fotos, ha escuchado
tantas historias, que uno tiene una imagen de lo que se va a encontrar, pero
vivirlo en carne propia es diferente. Cuando uno se encuentra en las alturas de
esta cordillera andina, lo que uno siente es algo muy íntimo, dan ganas de
eternizar el momento de perder la vista entre las edificaciones y de pronto
abrir el lente del ojo para apreciar las enormes montañas y el río que a lo
lejos corre fuertemente. Solo puedo decir que me gustó mucho que cada sección de
la ciudadela reflejaba un estilo arquitectónico diferente, me encantó ver esas
nubes que en forma de humo iban subiendo por los costados, y me costó trabajo
entender la acústica del lugar al ver que en algunas partes se escuchaba la
fuerza del río y en otras ese sonido se perdía en medio del soplo del viento.
Un lugar purificador que te inspira a sentarte y pensar, a recorrerlo de arriba
abajo, a tomar fotos y más fotos, a acariciar a las llamas, a imaginar lo que
fue ese lugar en otra época y a lo que ahora
representa ; un lugar natural con tanta energía que en un tiempo fue un centro
ceremonial Inca y que ahora es un centro ceremonial del mundo ( y el
capitalismo) moderno, donde en medio de los increíbles sonidos de la
naturaleza, se escuchan una inmensa cantidad de idiomas, y donde la gente va recorriendo
en unas horas algo que representa una experiencia única en la vida.
…Ya cuando iba caminando hacia la salida de la zona arqueológica sentí esa fuerza
dentro de mí, ese sentimiento de identidad que todo latinoamericano tiene al
ser lo que somos, una civilización mágica que fue devastada por otra civilización
con ambiciones muy distintas; todos sabemos consciente o inconscientemente que detrás de ese mestizaje que ahora nos
define, la influencia que termino por
ser más representativa fue la europea, esa ambición sin fronteras del dinero,
del oro, del sometimiento con excusas religiosas, eso nos marcó de por vida a
los latinos. Pero antes de salir de Machu Picchu, al voltear para atrás y ver
la maravilla que tenía frente a mis ojos respondí a mi pregunta: de ellos, de
esos seres que algún día habitaron estas tierras queda algo en nosotros los
latinos, queda el maíz y la tierra, un corazón que late fuertemente, y que está
mucho más presente en nosotros que ese razonamiento que nos impusieron los
europeos; pero el problema es que en la actualidad vivimos en la cosmogonía
occidental, sin dejar que esa fuerza aborigen sea la que domine; no volteamos a
ver a los indígenas que aún quedan en estas tierras para ver cuáles son sus
aspiraciones o el camino que ellos quieren darle a este planeta, por el
contrario vivimos conforme a las aspiraciones del mundo que nos domina, no
conforme a las de un mundo al que pertenecemos.
Escrito por David Herrera González.
23 de Marzo de 2016.
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