miércoles, 30 de marzo de 2016

55. MACHU PICCHU.



MACHU PICCHU.
 
 ¿Qué queda de ellos, de esos seres que algún día pisaron estas tierras?





Machu Picchu es un lugar que desde que comenzamos a planear el viaje, sonaba como una parada obligada, un punto muy emblemático en medio de nuestra ruta.  Ahora me doy cuenta que para todos los mochileros es importante llegar a este punto, y en general para cualquier persona que le guste viajar, Machu Picchu es un lugar digno de ser visitado. Para nosotros como  latinos era una visita extremadamente simbólica para encontrarnos con nuestras raíces más fuertes, así como para entender un poco lo que fuimos, lo que somos y lo que podemos llegar a ser.
Para llegar a Machu Picchu hay que tener mucha plata o caminar mucho. A nosotros (Luis, Paola y yo)  nos tocó caminar. Primero tuvimos que tomar una camioneta que viajo desde Cusco por seis horas en un camino con unos paisajes preciosos, en la parte final, antes de llegar a la Hidroeléctrica, el camino se hizo de terracería, bordeando un desfiladero; de la estación de tren de Hidroeléctrica tuvimos que caminar un par de horas por las vías del tren hasta llegar al pueblo de Aguascalientes (el mismo nombre que  mi ciudad natal en México) cargando nuestras maletas que aunque eran ligeras, en algún punto comenzaron a ser factor de cansancio.  La noche en Aguascalientes la dedicamos a establecernos y cenar algo, para luego ir a comprar las entradas para Machu Pichu para el próximo  día.  A la mañana siguiente salimos a las cinco de la mañana en medio de la lluvia para subir hasta Machu Picchu, para llegar es posible tomar un bus pero los precios de todos esos servicios son bastante elevados, así que nosotros tuvimos que hacer la subida por la montaña, la lluvia solo nos acompañó unos minutos y luego escampo; aunque  la subida exigió bastante esfuerzo físico, los paisajes que pudimos apreciar comenzaron a tomar tintes de magia conforme íbamos subiendo y la neblina iba quedando abajo.










Cuando entramos y pude ver esas enormes construcciones de piedra en medio de una naturaleza que se desbordaba por todos lados, me sentí pequeñito, pero por alguna extraña razón sentí que en esos momentos mi vida tenía sentido; me sentía identificado con la zona, con la pachamama que en ese lugar dejo un bello asentamiento natural, y con la raza del maíz que eligió ese punto específico  para formar una imponente ciudad de piedra que a final de cuentas termina por complementar y enaltecer la belleza del paisaje.

Describir la experiencia de estar en este lugar que es el paso entre la montaña y la selva, no resulta fácil, uno ha visto tantas fotos, ha escuchado tantas historias, que uno tiene una imagen de lo que se va a encontrar, pero vivirlo en carne propia es diferente. Cuando uno se encuentra en las alturas de esta cordillera andina, lo que uno siente es algo muy íntimo, dan ganas de eternizar el momento de perder la vista entre las edificaciones y de pronto abrir el lente del ojo para apreciar las enormes montañas y el río que a lo lejos corre fuertemente. Solo puedo decir que me gustó mucho que cada sección de la ciudadela reflejaba un estilo arquitectónico diferente, me encantó ver esas nubes que en forma de humo iban subiendo por los costados, y me costó trabajo entender la acústica del lugar al ver que en algunas partes se escuchaba la fuerza del río y en otras ese sonido se perdía en medio del soplo del viento. Un lugar purificador que te inspira a sentarte y pensar, a recorrerlo de arriba abajo, a tomar fotos y más fotos, a acariciar a las llamas, a imaginar lo que fue ese lugar en otra época y a  lo que ahora representa ; un lugar natural con tanta energía que en un tiempo fue un centro ceremonial Inca y que ahora es un centro ceremonial del mundo ( y el capitalismo) moderno, donde en medio de los increíbles sonidos de la naturaleza, se escuchan una inmensa cantidad de idiomas, y donde la gente va recorriendo en unas horas algo que representa una experiencia única en la vida.



…Ya cuando iba caminando hacia la salida  de la zona arqueológica sentí esa fuerza dentro de mí, ese sentimiento de identidad que todo latinoamericano tiene al ser lo que somos, una civilización mágica que fue devastada por otra civilización con ambiciones muy distintas; todos sabemos consciente o inconscientemente  que detrás de ese mestizaje que ahora nos define,  la influencia que termino por ser más representativa fue la europea, esa ambición sin fronteras del dinero, del oro, del sometimiento con excusas religiosas, eso nos marcó de por vida a los latinos. Pero antes de salir de Machu Picchu, al voltear para atrás y ver la maravilla que tenía frente a mis ojos respondí a mi pregunta: de ellos, de esos seres que algún día habitaron estas tierras queda algo en nosotros los latinos, queda el maíz  y la tierra,  un corazón que late fuertemente, y que está mucho más presente en nosotros que ese razonamiento que nos impusieron los europeos; pero el problema es que en la actualidad vivimos en la cosmogonía occidental, sin dejar que esa fuerza aborigen sea la que domine; no volteamos a ver a los indígenas que aún quedan en estas tierras para ver cuáles son sus aspiraciones o el camino que ellos quieren darle a este planeta, por el contrario vivimos conforme a las aspiraciones del mundo que nos domina, no conforme a las de un mundo al que pertenecemos.


 


Escrito por David Herrera González.
23 de Marzo de 2016.




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